Una vez más el Deportivo no logró ganar al Celta B. El equipo que representa a un club con más de 22.000 socios detrás fue incapaz de ganar, ni siquiera de imponerse, al filial de su rival más encarnizado, cuya afición festejó, con razón, el empate. Es la tercera campaña consecutiva que el club pilotado por Abanca no se impone al filial del Celta, la tercera campaña de paz social. Igual para algunas cosas era aconsejable la batalla. La realidad, por más que se quiere edulcorar el vinagre actual y agriar el azúcar que suponía jugar en Primera División mientras se pagaba una deuda mastodóntica, es que a día de hoy el nivel futbolístico del Deportivo es parejo al del filial del Celta, un combo que este año asume un proyecto rebajado en cuanto a presupuesto y currículum de sus futbolistas. Ni busco culpables ni deseo señalarlos, pero personalmente siento vergüenza.
Me siento abochornado de ver a mi equipo dar por bueno un empate así, de su incapacidad para hacerle daño a un rival de ese pelaje y condición mientras se camuflaba sobre el césped embutido en un anodino terno verde. Y me preocupa la deriva de un proyecto en el que se apostó, con juicioso criterio, por mejorar sobre lo que ya se había construido. Ninguno de esos planes se plasman, antes al contrario: se evidencian carencias en una plantilla que esta misma semana desnudó Juanito, el director deportivo del Córdoba, que no es un cualquiera. El Deportivo, al que en Vigo sostuvo un encargado de la intendencia como Diego Villares, colecciona futbolistas que juegan por dentro, quiere construir ataques largos y posicionales y evitar transiciones, pero por ahora es incapaz de profundizar ante defensas cerradas y se expone cuando acaba perdiendo la pelota porque además tampoco tiene aliento en su primera línea defensiva (Ibai, Quiles, Soriano y Narro en Vigo) para perseguir a los rivales. Estamos además ante un equipo que en todos los partidos concede opciones en el balón parado, las mismas que le alejaron del ascenso en la última temporada.
Esa mejora que se aguardaba a partir de la continuidad no llega. Y la impaciencia anida en estos albores de la temporada porque venimos de donde venimos, la sensación es de que el equipo ha sumado más puntos de los que mereció y el catálogo de excusas empieza a parecer peregrino, desde el nerviosismo del día del Linense a la tardía incorporación de algunos refuerzos, como si ese detalle fuera impuesto y no, en bastantes casos, una elección del club en sus movimientos en el mercado. “El equipo no ha perdido”, se defiende el entrenador. Y es cierto que si gana al Talavera (prefiero no pensar en otro marcador) el Deportivo estará muy arriba en la clasificación. No donde debe de estar.
En este chato Deportivo que no le gana al Celta B se atisban incluso más problemas que soluciones. El gol del filial en Balaídos mostró la permeabilidad de la zaga, a la espera de lo que pueda aportar Pablo Martínez. El relevo de Álex Bergantiños no parece resuelto. Los rivales conceden los flancos, pero ahí el equipo anda de probaturas y, en fin, se percibe que la necesidad de mejorar lo que aportaba Miku no se ha resuelto, que Gorka Santamaría, uno que no llegó precisamente al final del mercado, no le llena el ojo al entrenador.
La apuesta por el nueve es, por ahora cara y fallida, con todas las prevenciones por la altura del campeonato, pero también con las certezas de lo que muestra el técnico, que no tiene más remedio que alinear ahí a Quiles, un futbolista del que él percibe mayor rendimiento cuando se acuesta en la derecha. La opción del falso nueve por ahora no ha generado más que un mayor rebumbio, salvo algunos retazos de Rubén Díez, que en Vigo se quedó inédito. A Svensson apenas se le ha visto calentar en la banda, pero pocos aguardan grandes noticias y tampoco sería del todo justo exigírselas a un jugador de complemento. Y Lucas está en Cádiz para mostrar una vez más que en el Deportivo las ilusiones transitan por un camino paralelo al de las realidades.